"Jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio."

domingo, 28 de marzo de 2010


A veces sucede, que por designios indescifrables de fuerzas más indescifrables aún, ciertos mundos me son totalmente vedados.
Es casi natural en mí no lograr retener por mucho tiempo una ubicación tecnológica determinada. ¡Bienvenidos al mundo de la tecnología!, anuncia un inmenso cartel, similar a aquellos verdosos que llevan dentro, como una macabra contradicción, el final de un viaje (o el comienzo de la llegada).
En fin, creo que una vez más, malinterpreté los mapas, o quizás los mapas simplemente me malinterpretaron. Porque jamás divisé el susodicho anuncio.
Es casi un don, diría yo, me encuentro sucesivamente comenzando un nuevo registro telefónico. Ya que a pesar de haber aceptado, casi como una inevitable condena, tener la certeza de que a ese nuevo aparato telefónico le ha sido brindado, desde el momento en que se depositó en mis manos, un oscuro e incierto futuro; es el día de hoy que no he aprendido el precavido arte de transcribir mis registros a un fiel trozo de papel. ¿Quizás porque no estoy lista aún para aceptar mi naturaleza despreocupada?, ¿quizás porque la acepto de forma tal que sé que el papel también será extraviado?, no lo sé. Quizás solo no tengo ganas de realizar dicha tarea.
De cualquier manera, me sucede, y se evaporan, y con ellos se evapora gente. Pierdo amistades inesperadas, con las cuales solo comparto éste frágil puente numérico, solo que siempre olvido mencionar lo sumamente temporal del mismo.
Sin embargo, cada número, poseía sus propios puentes, algunos fueron recuperados sin mayores hazañas, después de todo, son puentes sumamente necesarios. Sin ir más lejos, los más necesarios decidí grabarlos en mi memoria; ¿Decidí?, bueno en realidad, ellos lo decidieron, presumo que son imborrables.
Pero otros, esos desaparecieron. Me divierte pensar a veces qué sucedería, si todos mis números decidieran volver. ¿Cuántos puentes esperando una orilla encontraría tendidos? Quizás ninguno, quizás me sorprendería, o algún inesperado sentimiento me vendría a reclamar. En fin, no lo sé, dudo algún día saberlo. Pero desde mi costado metafísico, o cósmico, o loco, cualquier palabra es buena, creo que esos puentes decidieron que era momento de abandonarme, que algunos de ellos ya no eran necesarios, o escondían ingratas sorpresas al cruzarlos.
Sea como sea, desaparecieron, y yo al cosmos no le discuto, porque sino se enoja y se pone muy confuso. Porque es jodido nomás lo hace, se divierte un rato mriandome mientras intento descifrar señales inconclusas. Por suerte después volvemos a ser amigos y me ayuda un poquito.
Ahora miro a mi derecha, con la única que se me ha permitido escribir (la izquierda por algún motivo, nunca fue poseedora de una gran imaginación), y le sonrío un poquito a mis números nuevos. No confundamos los tantos, le sonrío a los números, no al estuche que indefectiblemente se encuentra condenado. Y pienso con una extraña convicción, que esta vez, si se van a quedar conmigo un ratito más.
Debe ser porque es un lindo día, o porque tu música (sobre todo esa canción) suena en mis oidos, o debe ser esa palabra que me llegó, muy inusual por cierto, debo decir, tu palabra. Debo haberla escuchado pocas veces en este cuerpo, pero dudo que alguna vez la olvide.
En fín, no sé, algo en estos números me hace sonreír un poquito, o simplemente son mis ansias de cruzar un ratito.

Welly welly well


Una contradicción, vivo respiro a contradicción. Me dijo “si va a viajar a contramano, ¿para qué un cinturón?”. Usted señor, es que usted no entiende. Si yo no entiendo, ¿como me va a entender usted?. No me malentienda, a mi me hacen falta sus abrazos. A mi me gustaría una caña de pescar, creo que me gustaría alguna que otra navidad. Creo, o me gustaría quizá tenerle fe a mis acciones.
Yo sé que usted me sueña, no me conoce. Y yo lo sueño, lo sueño conciente de mi inconciencia, pero si me gana a veces por un segundo mi realidad, entiendo que lo sueño a pura vigilia. Lo sueño, porque creo que usted podría llegar a curarme, y a mi (¿a quién no?) a veces me seduce la idea de sanar, aunque en el fondo sé que no me quiero curar. Y me veo viajando, cantando, soñando, cambiando, jugando. Usted, ¿quiere jugar?. Yo lo invito. Le regalo mis dados de colores, o mejor se los presto, yo se que algún día va a necesitar devolvérmelos.
Porque sí, porque yo los regalaría con todo gusto, los regalaría a cualquiera que no me pregunte las reglas. Pero resulta, y es un resultado no casual casi causal, que a nadie le gusta vivir jugando. Quizá si les gusta prestarse a un par de turnos, pero engañados comienzan y desengañados se enojan, desengañados se alejan, desengañados por un engaño que no pretendía tal título. Yo señor, yo le aviso, a mi si me gusta vivir jugando. ¿Me gusta? ¿Le gusta a las mariposas vivir un día y morir diez noches?, yo no sé. Quizá es todo lo que ven, es todo lo que saben mirar. No me empuje del tablero, no me quiera robar las fichas, no me despoje de mis turnos. ¿No ve? Es lo que une mi sentir, no quiebre mis sentidos, se lo pido por favor. Si yo no quiero despojarlo de sus corbatas, yo no pido que usted rebautice su expresión. No me pida lo que no se inventar, y menos me lo pida si es que usted sabe que me hace falta inventarlo. Así que yo me voy a dejar arrastrar, y cuando mis pies ya no resbalen, y cuando este camino ya no se deje colorear, entonces usted por favor continúe, y yo, o quizá alguien más le regale un adieu.

sábado, 27 de febrero de 2010

adestiemposeñor

Así somos, asi estamos, así queremos, sobrevivimos o vivimos o existimos o soñamos, viviendo lo que soñamos, soñando lo que vivimos.
y quizás quiero, quizás no es solo posibilidad, porque es hecho que quiero. Y sí, siento, pena siento de pensar, más allá de pensar, de querer.
Sin razonar, porque solo así podria eliminarlo, de innevitablemente pensar, que me gustaría, gustarias, si existiera un tiempo.
Un tiempo que no fuera el mio, o un tiempo que no fuera el tuyo, tiempo ajeno, tiempo mentiroso.
Tiempo que nos mienta, que nos invite a pensar, no, a creer y no pensar, que existimos al mismo tiempo.
Que mi tiempo es tuyo y el tuyo es mío simplemente por ser tiempo y nada más existe que aquellos minutos inventados.
Y cuando no son inventados?, y si corrieran en realidad?, entonces, solo así se nos escapan. Porque existen, porque importa y porque todos pueden sentir su rapida huida.
No es cobarde, no está mal, no lo está porque en mi no existe, porque en vos no existe un juicio semejante, quizas no existe ningun juicio y eso me lleva a querer creer que creo lo que ese tiempo me puede regalar.
Un viaje con vos, un encuentro oportunamente inoportuno, una palabra demás, una palabra justa aunque injusta con todo lo demás, y un abrazo, si, nada más que un abrazo que me diga lo que no puedo escuchar, porque es mejor a veces naufragar sin palabras que te aten. Y que te explique mis palabras siempre presentes en impacientes escritos, y no dichas, y no claras.
Aunque claras serán, porque llevan tu esencia y la mía, y mi tiempo y el tuyo, y un tiempo que no existe.

Colores *


Un lápiz amarillo, yo sentado, divagando sin rumbo, esperando, y ella, así como quien se cree totalmente inocente, decide amarrar su cabellera con un lápiz amarillo.
¿Acaso pretendía esa señorita volverme loco? Esto no podía ser posible. Además, como si no bastara con el lápiz, parecía que no estaba dispuesta a dedicarme una mirada.
Yo, no sería tan orgulloso como ella, yo si me permitiría regalarle una mirada un tanto especial. Entonces me acercaría, utilizando caballerescos ademanes rescatados de algún cuento de ogros, princesas y príncipes; y la saludaría como se saluda a su majestad. Es que yo siempre practico esta clase de acercamiento, ya que uno nunca sabe cuando puede presentarse el día en que un lápiz amarillo gritará presente.
Todo se sucedería sin mayores inconvenientes, una vez ganada su atención y sobre todo su intriga, pronunciaría mis acertadas palabras, “Señorita, quisiera saber si seria tan amable de prestarme su lápiz amarillo, y mas aún quisiera saber si usted me concedería el honor de su compañía, digo yo, a este día nublado quizá le vendría bien que dos pintorescos personajes, como usted y yo, salgan a pintar un poquito el sol. Y quizá si usted me lo permite, podríamos compartir la caja de colores de la que ese inesperado lápiz forma parte, y así pintar nuestras vidas de colores luminosos y juguetones”. Ella, por supuesto, aceptaría encantada, no sin antes dedicarme una amplia y brillante sonrisa de fresa. Entonces, comenzaría nuestra aventura. Así, ella y yo, yo y ella, y por supuesto la caja de colores, recorreríamos el mundo de principio a fin, pintando sonrisas en caras descontentas, coloreando los días grises, dibujando nuevos paisajes, jugándole una que otra broma a los carteles, inventando nuevos caminos de granito magenta. Pintaríamos como locos, y no nos importaría nada más. Y durante las noches, nos refugiaríamos en nuestra casa de arco iris, para dormir entrelazados como solo dos pintores tan pintorescos podrían entrelazarse. Soñaríamos nuevos colores, y al despertarnos, enredados cual luces de navidad en un cajón, nos relataríamos estos nuevos y peculiares colores para inventarlos juntos.
Así, todo seria perfecto. Habría días amarillos, rojos, azules, verdes, días torbellinescos donde todos esos colores se encontrarían, y esos, ¡oh! Esos si que serian los mejores días.
¿Y como empezar a hablar de los días de lluvia?, ocasiones especiales si las hay, cada vez que las gotas comenzaran a caer, correríamos como dos eternos niños, con nuestros lapices acuarelables en mano. Solo para poder teñir cada gota de alguna estrafalaria tonalidad, y así disfrutar del paisaje creado, tirados en nuestro césped más que multicolor.
Siempre, nosotros pintorcitos, con nuestro infinito amor ultra cromático, nos elegiríamos al despertar cada día, y solo dormiríamos para volver a conocernos la mañana siguiente, ya que nunca se sabría de qué color se podía llegar a amanecer.
“Señor, ¿piensa subir?”, “Claro que si señorita, ¿de que otra forma podría yo llegar a mi casa?”. Subí los grises escalones, pronuncié el valor de mi boleto en voz alta, introduje mi metálico y aburrido dinero, y tomé asiento.
Mi lápiz amarillo se alejaba, y yo una vez más, regresaba a mi casa. Quizás algún día pronunciaría las palabras mágicas, o algún otro lápiz amarillo se presentaría, quizás era hora de abrir la inmensa caja de colores que me esperaba sobre el escritorio cada noche y comenzar a pintar mi mundo. Sonreí y eso fue todo.

viernes, 5 de febrero de 2010

.....

pero esa piel fue particular...

hola, me gusta este clima.

Manifiesto al niño exterior (ok, no se como deberia ser un manifiesti pero intenté)



Alguien me dijo un día de lluvia, “Agradezco, y lo agradezco, ser de esas personas que creen en la magia”. Lo dijo como se pronuncian las grandes epifania, y a mi las palabras me implosionaron como lluvia de mil colores.

Y pensé, que no existe observación más sabia. Agradezco, no se a quien, no se a que, agradezcamos todos nosotros seres de la misma gama de color. Agradezcamos esta forma particular de entender la lluvia, que no es solo agua, que no es inconveniente, lluvia que es para bailar, la lluvia no moja solo te invita a bailar. Sonreír cada vez que nos cruzamos un grupo de niños inmersos en alguna fantasía, ya sea salvar al mundo o luchar contra monstruos imaginarios, porque sabemos que a pesar de la distancia que no son más que años, entendemos perfectamente su universo.

Emocionarnos con el primer día de verano, sentir la energía avasalladora de una carcajada, solos o con otras almas, dejarnos invadir por cada fantasía que grite presente en nuestras mentes. Conocer la fragilidad de un momento de felicidad puro, para no dejar de sonreír ni pretender retenerlo más de la cuenta.

Conocer el significado de mágicas expresiones, expresiones privadas, lenguaje de infantiles almas. Divertirnos con la ridiculez de pretender seriedad, adultez, responsabilidad, reglas y normas de conducta. Inventar las propias reglas, porque esas si que están hechas para romperse, si es posible todos los días, cada instante. Dejar que la marea nos deposite en nuevos lugares, cada vez más inesperados y en consecuencia cada vez más correctos.

No entender aun la insensibilidad de un corazón golpeado, porque si un corazón no envejece sus heridas solo deben acompañarlo, no negarle la vista. Encontrarnos una vez mas, hablando de mas, comentando lo incomentable, porque al igual que un puñado de niños, no entendimos que no siempre se puede gritar lo que se siente.

Jamás negarle a las cosas el caos natural por el que bregan, porque traducir un interior, un caótico, colorido, desorganizado interior, es traducir un mundo propio. En el desorden, en la destrucción, en el mismísimo centro del caos, se encuentra la potencia creadora de la que vivimos. No apresar los recuerdos, ni las risas, ni las palabras que desean escapar de nuestros labios, no apagarnos, no consumirnos. Creer, indudablemente, creer en la magia que se esconde en los rincones mas oscuros, en las señales que nos persiguen si las sabemos encontrar, en la vida que nos invita a su hermosa y estrafalaria fiesta. Ser un poco cronopio, ser del todo cronopio, en este mundo que solo contrata famas. Viajar al revés en autopistas de un solo carril y bailar y correr y saltar y cantar y encontrar un motivo para sonreír en cualquier lugar al que vayamos. Viajar con el alma, viajar con nuestras coloridas alas y manifestar la condición de la que gozamos. Esta condición, esta hermosa enfermedad soñadora, que no nos deja curarnos y de la que yo propongo no curarse jamás.

miércoles, 3 de febrero de 2010


dia gris, me gustan los dias grises tienen mucha energia dando vueltas.

ok, te conozco. Porque me conozco, y ya sé.
Es que me pierdo tanto cada vez que te encuentro. Caminando, transitando, corriendo, volando, depende el día, depende el clima, pero voy; y cuando menos perdida me siento, cuanto mas encontrada me veo, apareces así, como una especie de visión amenazante.
Y yo me pierdo otra vez.