Las agendas siempre me
hicieron sentir culpa.
Me encantan, creo que a
todos les encantan. Probablemente sea una estrategia muy bien pensada por los
fabricantes. Aunque se me ocurre que una estrategia de tamaña complejidad pero
a la vez extremo simplismo, debe emanar de escalafones superiores y menos
visibles. Hablo de estrategia, porque hay que aplaudir el hecho de lograr un
mínimo de emoción al adquirir un objeto que posee como única utilidad el
recordar obligaciones.
Nunca antes había meditado
el tema en detalle, pero es cierto que me generan un sentimiento de culpa casi
insoportable. Desde que supe lo que era una agenda, se transformaron en objeto
de mi deseo.
Sin embargo, mi primera
adquisición fue un diario, ya que aún no había descubierto el encanto de las
agendas y en mi mente, eran similares.
Por lo tanto todos los
días me sentaba a escribir en él. Mi diario era de Mafalda, súper progre. Yo
tendría unos siete años, y a partir de ese momento fui consciente de que mi
vida destilaba un aburrimiento abrumador.
El diario marcó un antes
y un después en la interpretación que yo misma poseía de mi cotidianeidad.
Antes de comenzar a
narrarla por escrito, yo creía que mi vida era harto emocionante. No podía
evitar sentir que constantemente me pasaban cosas extremadamente interesantes. Tanto
para mí, como para el resto. De ahí el deseo de inmortalizarla en papel.
Sin embargo, cuando comencé
a trasladarla a mi diario me encontré con que por escrito, no sonaba tan
emocionante como yo esperaba.
Evidentemente, ese diario
gozaba de un público imaginario, si no no me hubiera resultado tan alarmante
descubrir lo poco atractivo de mis aventuras. Para mí era claro que alguien, alguna
vez, desearía leerlo. Yo no podía permitirme decepcionar a mis futuros
lectores.
Todas las entradas eran
más o menos así:
“Querido diario: Hoy fui a la casa de
mi prima, me divertí. Me metí a la pileta, odio esperar una hora cuando termino
de comer, para mí es todo mentira eso de los calambres.
Después volví a mi casa y mi mamá
hizo milanesas. Me fui a dormir.
(PD: Descubrí un programa nuevo en la
televisión, está re bueno y lo pasan muy tarde a la noche.)”
Probablemente ese día me había
resultado muy estimulante, sin embargo como podrán apreciar, no es algo que se
note al leerlo.
Lo peor era cuando me olvidaba de
escribir en el diario. Por lo tanto decidía engañarlo escribiendo día a día
todo de corrido, haciendo de cuenta que estaba siendo narrado en el momento.
Entonces tenía que intentar acordarme lo que había hecho en la semana. Una vez
que lo lograba, comprobaba sin duda alguna que mi existencia no causaba
estragos mundiales como yo creía, sino que directamente me aburría hasta a mí.
Tampoco era muy devota a revelar mis
secretos por escrito, cosas como “el chico que me gustaba”, “la compañerita que odiaba”, ya que temía que quizá
alguien podría llegar a delatarme si lograba espiar mi diario. De manera tal que
ni siquiera era emocionante leerme en plan chimentos.
Tengo una amiga que
solucionó este problema simplemente mintiendo. Por algún motivo una de las
actividades que realizábamos con mi grupo de amigas era leer su diario, con
ella presente por supuesto. Cuando leíamos experiencias de las que habíamos participado,
nos dábamos cuenta de que mentía alevosamente por escrito, creo que nunca nada
me hizo reír tanto. Pero por otro lado, también me daba cuenta de que ella
había solucionado el problema que me angustiaba, simplemente inventaba la vida
que le gustaría poder contar por escrito.
Como yo siempre fui
fundamentalista de las experiencias reales, no podía permitirme algo así.
Incluso a veces he hecho cosas sólo para poder apropiarme de la anécdota, pero
esa es una patología que merece aclaraciones aparte, así que no voy a ahondar
en el tema.
En fin, simplemente
abandoné mi empresa a la brevedad.
Yo por supuesto ya me
había imaginado a los 40 años con cajas llenas de diarios súper emocionantes. Nada
en mis planes puede ser acotado, todo
siempre superlativo. No pasó, porque lo superlativo es difícil de sobrellevar,
y porque llegué a la conclusión de que quizás era muy joven para que mi
narración sea emocionante, sólo debía esperar unos años más y el diario se escribiría
solo.
Los años pasaron y mi
deseo de relatar mi vida quedó temporalmente suspendido. Hasta que descubrí las
agendas.
Con esto no quiero decir
que no sabía lo que era una agenda, si no que no sabía que existían agendas tan
bonitas. Con stickers, dibujos, historietas, colores, estuches para papeles
importantes, señaladores, en fín millones de artilugios que gritan ¡comprame
ya!
Yo solo conocía las
Citanova de mis padres, que eran súper aburridas. Jamás podría haber imaginado
que existían agendas emocionantes.
Las descubrí
aproximadamente a los diez años, gracias al cumpleaños de una amiga. Su tío le
regalo una agenda increíble de Harry Potter (también era fanática de Harry
Potter, una combinación mortal), lo único que pude pensar a partir de ese día
fue en la manera de conseguir una igual. Mi deseo había regresado y no iba a
abandonarme así como si nada. Necesitaba volver a intentarlo, con diez años mi
vida ya parecía lo suficientemente ocupada, así que me tenía confianza.
Quiero aclarar algo sólo
para que se entienda el tamaño de mi anhelo. Cuando yo era chica, conseguir las
cosas no era tan fácil, de hecho no era para nada fácil. Ahora los chicos piden y por lo general
terminan recibiendo en cualquier momento del año. No sé si esta dificultad para
adquirir los objetos deseados se debía a que transitábamos los noventa, o
simplemente a que los padres antes eran menos flexibles. Pero yo sabía que si
quería adquirir la preciada agenda, debía cultivar mi paciencia, y esperar
alguna ocasión especial. Aparentemente la fecha más próxima en la que se me estaba
permitido pedir, era la navidad. Por lo tanto realicé mis averiguaciones, le
comuniqué a mis padres dónde podían adquirirla, describí exactamente cómo era y
qué personaje debía de tener en la tapa, se los recordé hasta el hartazgo, y
sufrí de una manera indescriptible la espera hasta las doce el 24 de Diciembre.
No quería brindar, no
quería Mantecol, no quería fuegos artificiales. Ni siquiera me importaba el
resto de los regalos, yo sólo quería esa bendita agenda.
Cuando abrí el paquete,
no podía creerlo, estaba hiperemocionada. No podía parar de imaginar que no me
iban a alcanzar los espacios para escribir tantas cosas que hacían falta
programar. Sólo necesitaba esperar a que el año se termine, porque por
desgracia las agendas no empiezan cuando las adquirís. Además, es físicamente imposible,
porque las librerías no trabajan los 1° de Enero. Esto debe ser parte de la
estrategia, no poder adquirirlas el día en que uno puede comenzar a
completarlas solo les imprime un deseo mayor, el de la obligatoria espera.
Sin embargo la emoción me
abandonó justamente el 1° de Enero. Ahí me di cuenta de que ya había un espacio
que no estaba siendo llenado. No sólo eso, sino que no tenía absolutamente
ningún plan hasta que empezaran las clases, e incluso fuera de ese día tampoco
tenía demasiado más que anotar porque simplemente carecía de obligaciones.
Podría haber escrito cosas como “ir al pediatra”, pero lo cierto es que igual
me llevaba mi mamá, así que tampoco tenía sentido engañarme a mí misma como si
fuera yo quien debía cumplir con esa cita.
Decidí no asumir la
derrota. La solución que encontré consistía en utilizar la agenda como un
diario. Yo estaba más que enterada de que no funcionaban de esa manera. Pero
como en última instancia a mí lo que me preocupaba era mi futuro público, contaba
con que dada mi corta edad el error podría ser perdonado, e incluso despertar
simpatías. Así que no abandoné mi ambición. Debía narrarme.
Mi desilusión fue grande
cuando nuevamente comprobé que mi vida era poco emocionante. Nada había
cambiado demasiado en esos dos años. Mis actividades eran otras quizá, pero se
repetían demasiado seguido, por algún motivo pasaba demasiado tiempo con mi
prima y creo que lo más interesante que escribí consistía en un error del
kiosquero, a quien tildaba de iluso, ya que me había dado un chupetín demás.
Siendo este el clímax de mi diario, solo podía existir un desenlace previsible.
Lo abandoné el 8 de
enero. Mi vida volvía a ser anónima.
A partir de ese momento
de ruptura, las agendas fueron desterradas de mis posibilidades. Aunque estaría
mintiendo si no confesara que albergaba una pequeña esperanza de que alguna vez
podría completar alguna.
Tuve alguna recaída, pero
ya sin demasiadas expectativas. Había logrado aceptar, al menos de momento, que
si las adquiría era sólo debido a su belleza, no porque reamente creyera que
necesitaba de sus servicios.
Sin embargo mi idilio con
la planificación escrita no termina ahí. Incluso podría decirse que aún posee
esperanzas. Amores que matan nunca mueren, y si delatan ni les cuento.
Hace un par de años, casi
sin darme cuenta, porque la adultez a veces funciona de manera invisible, comencé
a notar que contaba con varias obligaciones. Mejor aún, me las olvidaba.
Fechas de parciales, finales,
citas médicas, algún evento. Tampoco eran millones, pero ya eran algo. Digno de
recordar, digno de narrar.
Decidí tomarlo con calma,
ya que no quería dejarme engañar nuevamente. No quería adelantarme a los
hechos, así que me compré un cuaderno. Uno muy lindo, con tapas de plástico y
hojas gruesas para que el trazo de la birome me salga semielegante. Además se
me ocurrió que era mejor un espacio no estructurado, algo que no delate tan de
golpe que la mayoría de mis días no estaban repletos de responsabilidades o
citas elegantes. Así mi espectador imaginario sería engañado, ya que al carecer
de fechas, podría parecer que todo había sucedido al mismo tiempo y lograría
entretenerlo, incluso emocionarlo.
Debería haber sospechado
que la desestructura sólo llevaría a la desestructuración de mi propósito. Debo
reconocer que intenté anotar lo relevante, pero era sólo cuestión de tiempo
hasta que comenzaron a aparecer trazos que no poseían relación alguna con el
mundo de las obligaciones. Listas de películas que me gustaría ver, libros que
me quiero comprar, letras de canciones, un intento de dilucidar cómo gasto mi
sueldo, una receta de galletitas que nunca hice, un dibujo de Goku, direcciones
aleatorias de lugares a los que no recuerdo haber ido, etc. Peor aún, lo
extravié. Evidentemente aún era muy pronto para aventurarme de nuevo.
Así que esperé un año
más. Cada tanto me cruzaba con alguna vidriera que las exhibía, intentaba no
mirar. Deje pasar ese año, también el siguiente. No anoté absolutamente nada,
en ningún lado. Me olvide de todo, ahora creo que probablemente buscaba este
resultado. Quizá si lograba olvidar algo lo suficientemente relevante, mi deseo
se vería ampliamente justificado. Ya no sería un intento inútil, sino uno
necesario.
Este año decidí
aventurarme nuevamente, creo estar preparada. Además me di cuenta de que quizá
me presionaba mucho. No es necesario llenar todos los espacios, porque ahora
creo que lo que queda en blanco me imprime un halo de misterio. Probablemente
mi espectador se pregunte dónde estoy cuando no estoy en mi agenda.
Sin embargo, a pesar de
toda esta valentía repentina, voy a reconocer que no la compré, me la
regalaron. Probablemente sea eso lo que me propició el empujón que me hacía
falta. Ya que así la decisión no parece pertenecerme del todo, por lo tanto el
fracaso tampoco será de mi entera autoría. La victoria, es otro cuento.
En fín, voy cuatro meses.
Anoté algunas cosas, más que otros años, debo reconocer. Me las olvidé todas,
porque no la leo nunca y porque por lo general tampoco la llevo a ningún lado,
por lo tanto todo termina anotado en cualquier papel.
Anoté una serie de turnos
médicos, un poco los pedí a propósito, quería estrenarla y la facultad aún no
comenzaba. Debo reconocer que me llevé una gran decepción al comprobar que el
centro médico me mandaba mensajes de texto recordándome que tenía turno ese día,
a determinada hora, con determinado doctor. Pensé llamarlos para pedirles que
por favor no me los manden más, que estaban inutilizando mi agenda por
completo, me pareció que un acto de ese tipo sólo podía derivar en un turno de
cortesía con algún psiquiatra, así que me abstuve.
Por otro lado, y esto es
lo preocupante, voy a confesar que falté a todos y cada uno de esos doctores,
no una, dos veces.
Por lo tanto, ahora entiendo
todo. Las agendas ya no son, quizá nunca fueron, las delatoras de mi falta de
responsabilidades, de mi falta de citas elegantes o de mis nulas o escasas obligaciones.
Son eternas testigo de mi
crónica irresponsabilidad. Mi espectador imaginario sólo podrá arribar a la
conclusión de que, o bien estaba muy enferma, o no podía evitar faltar a todo,
a pesar de haberlo escrito con meses de antelación.
En fin, siempre me
generaron culpa, pero qué lindas que son.

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