"Jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio."

jueves, 17 de abril de 2014

Amores que delatan.


Las agendas siempre me hicieron sentir culpa.
Me encantan, creo que a todos les encantan. Probablemente sea una estrategia muy bien pensada por los fabricantes. Aunque se me ocurre que una estrategia de tamaña complejidad pero a la vez extremo simplismo, debe emanar de escalafones superiores y menos visibles. Hablo de estrategia, porque hay que aplaudir el hecho de lograr un mínimo de emoción al adquirir un objeto que posee como única utilidad el recordar obligaciones.
Nunca antes había meditado el tema en detalle, pero es cierto que me generan un sentimiento de culpa casi insoportable. Desde que supe lo que era una agenda, se transformaron en objeto de mi deseo.
Sin embargo, mi primera adquisición fue un diario, ya que aún no había descubierto el encanto de las agendas y en mi mente, eran similares.
Por lo tanto todos los días me sentaba a escribir en él. Mi diario era de Mafalda, súper progre. Yo tendría unos siete años, y a partir de ese momento fui consciente de que mi vida destilaba un aburrimiento abrumador.
El diario marcó un antes y un después en la interpretación que yo misma poseía de mi cotidianeidad.
Antes de comenzar a narrarla por escrito, yo creía que mi vida era harto emocionante. No podía evitar sentir que constantemente me pasaban cosas extremadamente interesantes. Tanto para mí, como para el resto. De ahí el deseo de inmortalizarla en papel.
Sin embargo, cuando comencé a trasladarla a mi diario me encontré con que por escrito, no sonaba tan emocionante como yo esperaba.
Evidentemente, ese diario gozaba de un público imaginario, si no no me hubiera resultado tan alarmante descubrir lo poco atractivo de mis aventuras. Para mí era claro que alguien, alguna vez, desearía leerlo. Yo no podía permitirme decepcionar a mis futuros lectores.
Todas las entradas eran más o menos así:
“Querido diario: Hoy fui a la casa de mi prima, me divertí. Me metí a la pileta, odio esperar una hora cuando termino de comer, para mí es todo mentira eso de los calambres.
Después volví a mi casa y mi mamá hizo milanesas. Me fui a dormir.
(PD: Descubrí un programa nuevo en la televisión, está re bueno y lo pasan muy tarde a la noche.)”

Probablemente ese día me había resultado muy estimulante, sin embargo como podrán apreciar, no es algo que se note al leerlo.
Lo peor era cuando me olvidaba de escribir en el diario. Por lo tanto decidía engañarlo escribiendo día a día todo de corrido, haciendo de cuenta que estaba siendo narrado en el momento. Entonces tenía que intentar acordarme lo que había hecho en la semana. Una vez que lo lograba, comprobaba sin duda alguna que mi existencia no causaba estragos mundiales como yo creía, sino que directamente me aburría hasta a mí.
Tampoco era muy devota a revelar mis secretos por escrito, cosas como “el chico que me gustaba”,  “la compañerita que odiaba”, ya que temía que quizá alguien podría llegar a delatarme si lograba espiar mi diario. De manera tal que ni siquiera era emocionante leerme en plan chimentos.
Tengo una amiga que solucionó este problema simplemente mintiendo. Por algún motivo una de las actividades que realizábamos con mi grupo de amigas era leer su diario, con ella presente por supuesto. Cuando leíamos experiencias de las que habíamos participado, nos dábamos cuenta de que mentía alevosamente por escrito, creo que nunca nada me hizo reír tanto. Pero por otro lado, también me daba cuenta de que ella había solucionado el problema que me angustiaba, simplemente inventaba la vida que le gustaría poder contar por escrito.
Como yo siempre fui fundamentalista de las experiencias reales, no podía permitirme algo así. Incluso a veces he hecho cosas sólo para poder apropiarme de la anécdota, pero esa es una patología que merece aclaraciones aparte, así que no voy a ahondar en el tema.
En fin, simplemente abandoné mi empresa a la brevedad.
Yo por supuesto ya me había imaginado a los 40 años con cajas llenas de diarios súper emocionantes. Nada en mis planes puede ser acotado,  todo siempre superlativo. No pasó, porque lo superlativo es difícil de sobrellevar, y porque llegué a la conclusión de que quizás era muy joven para que mi narración sea emocionante, sólo debía esperar unos años más y el diario se escribiría solo.
Los años pasaron y mi deseo de relatar mi vida quedó temporalmente suspendido. Hasta que descubrí las agendas.
Con esto no quiero decir que no sabía lo que era una agenda, si no que no sabía que existían agendas tan bonitas. Con stickers, dibujos, historietas, colores, estuches para papeles importantes, señaladores, en fín millones de artilugios que gritan ¡comprame ya!
Yo solo conocía las Citanova de mis padres, que eran súper aburridas. Jamás podría haber imaginado que existían agendas emocionantes.
Las descubrí aproximadamente a los diez años, gracias al cumpleaños de una amiga. Su tío le regalo una agenda increíble de Harry Potter (también era fanática de Harry Potter, una combinación mortal), lo único que pude pensar a partir de ese día fue en la manera de conseguir una igual. Mi deseo había regresado y no iba a abandonarme así como si nada. Necesitaba volver a intentarlo, con diez años mi vida ya parecía lo suficientemente ocupada, así que me tenía confianza.
Quiero aclarar algo sólo para que se entienda el tamaño de mi anhelo. Cuando yo era chica, conseguir las cosas no era tan fácil, de hecho no era para nada fácil.  Ahora los chicos piden y por lo general terminan recibiendo en cualquier momento del año. No sé si esta dificultad para adquirir los objetos deseados se debía a que transitábamos los noventa, o simplemente a que los padres antes eran menos flexibles. Pero yo sabía que si quería adquirir la preciada agenda, debía cultivar mi paciencia, y esperar alguna ocasión especial. Aparentemente la fecha más próxima en la que se me estaba permitido pedir, era la navidad. Por lo tanto realicé mis averiguaciones, le comuniqué a mis padres dónde podían adquirirla, describí exactamente cómo era y qué personaje debía de tener en la tapa, se los recordé hasta el hartazgo, y sufrí de una manera indescriptible la espera hasta las doce el 24 de Diciembre.
No quería brindar, no quería Mantecol, no quería fuegos artificiales. Ni siquiera me importaba el resto de los regalos, yo sólo quería esa bendita agenda.
Cuando abrí el paquete, no podía creerlo, estaba hiperemocionada. No podía parar de imaginar que no me iban a alcanzar los espacios para escribir tantas cosas que hacían falta programar. Sólo necesitaba esperar a que el año se termine, porque por desgracia las agendas no empiezan cuando las adquirís. Además, es físicamente imposible, porque las librerías no trabajan los 1° de Enero. Esto debe ser parte de la estrategia, no poder adquirirlas el día en que uno puede comenzar a completarlas solo les imprime un deseo mayor, el de la obligatoria espera.
Sin embargo la emoción me abandonó justamente el 1° de Enero. Ahí me di cuenta de que ya había un espacio que no estaba siendo llenado. No sólo eso, sino que no tenía absolutamente ningún plan hasta que empezaran las clases, e incluso fuera de ese día tampoco tenía demasiado más que anotar porque simplemente carecía de obligaciones. Podría haber escrito cosas como “ir al pediatra”, pero lo cierto es que igual me llevaba mi mamá, así que tampoco tenía sentido engañarme a mí misma como si fuera yo quien debía cumplir con esa cita.
Decidí no asumir la derrota. La solución que encontré consistía en utilizar la agenda como un diario. Yo estaba más que enterada de que no funcionaban de esa manera. Pero como en última instancia a mí lo que me preocupaba era mi futuro público, contaba con que dada mi corta edad el error podría ser perdonado, e incluso despertar simpatías. Así que no abandoné mi ambición. Debía narrarme.
Mi desilusión fue grande cuando nuevamente comprobé que mi vida era poco emocionante. Nada había cambiado demasiado en esos dos años. Mis actividades eran otras quizá, pero se repetían demasiado seguido, por algún motivo pasaba demasiado tiempo con mi prima y creo que lo más interesante que escribí consistía en un error del kiosquero, a quien tildaba de iluso, ya que me había dado un chupetín demás. Siendo este el clímax de mi diario, solo podía existir un desenlace previsible.
Lo abandoné el 8 de enero. Mi vida volvía a ser anónima.
A partir de ese momento de ruptura, las agendas fueron desterradas de mis posibilidades. Aunque estaría mintiendo si no confesara que albergaba una pequeña esperanza de que alguna vez podría completar alguna.
Tuve alguna recaída, pero ya sin demasiadas expectativas. Había logrado aceptar, al menos de momento, que si las adquiría era sólo debido a su belleza, no porque reamente creyera que necesitaba de sus servicios.
Sin embargo mi idilio con la planificación escrita no termina ahí. Incluso podría decirse que aún posee esperanzas. Amores que matan nunca mueren, y si delatan ni les cuento.
Hace un par de años, casi sin darme cuenta, porque la adultez a veces funciona de manera invisible, comencé a notar que contaba con varias obligaciones. Mejor aún, me las olvidaba.
Fechas de parciales, finales, citas médicas, algún evento. Tampoco eran millones, pero ya eran algo. Digno de recordar, digno de narrar.

Decidí tomarlo con calma, ya que no quería dejarme engañar nuevamente. No quería adelantarme a los hechos, así que me compré un cuaderno. Uno muy lindo, con tapas de plástico y hojas gruesas para que el trazo de la birome me salga semielegante. Además se me ocurrió que era mejor un espacio no estructurado, algo que no delate tan de golpe que la mayoría de mis días no estaban repletos de responsabilidades o citas elegantes. Así mi espectador imaginario sería engañado, ya que al carecer de fechas, podría parecer que todo había sucedido al mismo tiempo y lograría entretenerlo, incluso emocionarlo.
Debería haber sospechado que la desestructura sólo llevaría a la desestructuración de mi propósito. Debo reconocer que intenté anotar lo relevante, pero era sólo cuestión de tiempo hasta que comenzaron a aparecer trazos que no poseían relación alguna con el mundo de las obligaciones. Listas de películas que me gustaría ver, libros que me quiero comprar, letras de canciones, un intento de dilucidar cómo gasto mi sueldo, una receta de galletitas que nunca hice, un dibujo de Goku, direcciones aleatorias de lugares a los que no recuerdo haber ido, etc. Peor aún, lo extravié. Evidentemente aún era muy pronto para aventurarme de nuevo.
Así que esperé un año más. Cada tanto me cruzaba con alguna vidriera que las exhibía, intentaba no mirar. Deje pasar ese año, también el siguiente. No anoté absolutamente nada, en ningún lado. Me olvide de todo, ahora creo que probablemente buscaba este resultado. Quizá si lograba olvidar algo lo suficientemente relevante, mi deseo se vería ampliamente justificado. Ya no sería un intento inútil, sino uno necesario.
Este año decidí aventurarme nuevamente, creo estar preparada. Además me di cuenta de que quizá me presionaba mucho. No es necesario llenar todos los espacios, porque ahora creo que lo que queda en blanco me imprime un halo de misterio. Probablemente mi espectador se pregunte dónde estoy cuando no estoy en mi agenda.
Sin embargo, a pesar de toda esta valentía repentina, voy a reconocer que no la compré, me la regalaron. Probablemente sea eso lo que me propició el empujón que me hacía falta. Ya que así la decisión no parece pertenecerme del todo, por lo tanto el fracaso tampoco será de mi entera autoría. La victoria, es otro cuento.  
En fín, voy cuatro meses. Anoté algunas cosas, más que otros años, debo reconocer. Me las olvidé todas, porque no la leo nunca y porque por lo general tampoco la llevo a ningún lado, por lo tanto todo termina anotado en cualquier papel.
Anoté una serie de turnos médicos, un poco los pedí a propósito, quería estrenarla y la facultad aún no comenzaba. Debo reconocer que me llevé una gran decepción al comprobar que el centro médico me mandaba mensajes de texto recordándome que tenía turno ese día, a determinada hora, con determinado doctor. Pensé llamarlos para pedirles que por favor no me los manden más, que estaban inutilizando mi agenda por completo, me pareció que un acto de ese tipo sólo podía derivar en un turno de cortesía con algún psiquiatra, así que me abstuve.
Por otro lado, y esto es lo preocupante, voy a confesar que falté a todos y cada uno de esos doctores, no una, dos veces.
Por lo tanto, ahora entiendo todo. Las agendas ya no son, quizá nunca fueron, las delatoras de mi falta de responsabilidades, de mi falta de citas elegantes o de mis nulas o escasas obligaciones.
Son eternas testigo de mi crónica irresponsabilidad. Mi espectador imaginario sólo podrá arribar a la conclusión de que, o bien estaba muy enferma, o no podía evitar faltar a todo, a pesar de haberlo escrito con meses de antelación.
En fin, siempre me generaron culpa, pero qué lindas que son.








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