Alguien me dijo un día de lluvia, “Agradezco, y lo agradezco, ser de esas personas que creen en la magia”. Lo dijo como se pronuncian las grandes epifania, y a mi las palabras me implosionaron como lluvia de mil colores.
Y pensé, que no existe observación más sabia. Agradezco, no se a quien, no se a que, agradezcamos todos nosotros seres de la misma gama de color. Agradezcamos esta forma particular de entender la lluvia, que no es solo agua, que no es inconveniente, lluvia que es para bailar, la lluvia no moja solo te invita a bailar. Sonreír cada vez que nos cruzamos un grupo de niños inmersos en alguna fantasía, ya sea salvar al mundo o luchar contra monstruos imaginarios, porque sabemos que a pesar de la distancia que no son más que años, entendemos perfectamente su universo.
Emocionarnos con el primer día de verano, sentir la energía avasalladora de una carcajada, solos o con otras almas, dejarnos invadir por cada fantasía que grite presente en nuestras mentes. Conocer la fragilidad de un momento de felicidad puro, para no dejar de sonreír ni pretender retenerlo más de la cuenta.
Conocer el significado de mágicas expresiones, expresiones privadas, lenguaje de infantiles almas. Divertirnos con la ridiculez de pretender seriedad, adultez, responsabilidad, reglas y normas de conducta. Inventar las propias reglas, porque esas si que están hechas para romperse, si es posible todos los días, cada instante. Dejar que la marea nos deposite en nuevos lugares, cada vez más inesperados y en consecuencia cada vez más correctos.
No entender aun la insensibilidad de un corazón golpeado, porque si un corazón no envejece sus heridas solo deben acompañarlo, no negarle la vista. Encontrarnos una vez mas, hablando de mas, comentando lo incomentable, porque al igual que un puñado de niños, no entendimos que no siempre se puede gritar lo que se siente.
Jamás negarle a las cosas el caos natural por el que bregan, porque traducir un interior, un caótico, colorido, desorganizado interior, es traducir un mundo propio. En el desorden, en la destrucción, en el mismísimo centro del caos, se encuentra la potencia creadora de la que vivimos. No apresar los recuerdos, ni las risas, ni las palabras que desean escapar de nuestros labios, no apagarnos, no consumirnos. Creer, indudablemente, creer en la magia que se esconde en los rincones mas oscuros, en las señales que nos persiguen si las sabemos encontrar, en la vida que nos invita a su hermosa y estrafalaria fiesta. Ser un poco cronopio, ser del todo cronopio, en este mundo que solo contrata famas. Viajar al revés en autopistas de un solo carril y bailar y correr y saltar y cantar y encontrar un motivo para sonreír en cualquier lugar al que vayamos. Viajar con el alma, viajar con nuestras coloridas alas y manifestar la condición de la que gozamos. Esta condición, esta hermosa enfermedad soñadora, que no nos deja curarnos y de la que yo propongo no curarse jamás.

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